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Vidas cruzadas

 26 mar 2018
Por: Alejandro Mier

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Alejandro Mier

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Escritor de novela y cuento. Director General de Target Publicidad. ...

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Olga completa su maquillaje con un poco más de rubor. Al mirarse en el espejo, contempla sus 38 años, pero esta vez no deja que la lágrima cotidiana resbale por su mejilla. Ahora está animada, hace tantas noches que no sale a divertirse que incluso ve disimulados esos varios kilitos de más que se han ido acumulando con comida chatarra en su silla secretarial. Ella está bien en su trabajo. Es leal, discreta y dedicada. Eso le ha granjeado un trato justo que espera mantener mucho tiempo. Su problema es, como el de muchos otros, que tiene un hijo adolescente con necesidades propias de su edad. Ser madre soltera no le pesa y lo hace con cariño, pero hay veces que el dinero no alcanza. Qué más da, hoy recibió lo de la tanda y quedó de verse con Lupita en un bar que les recomendaron en el centro de la ciudad.

Se pasea una vez más el cepillo por el cabello, lo guarda en el bolso y decide marcharse.

–¿Podría repetirme su nombre? –Le dice la recepcionista del hotel al nuevo cliente.

–Salvador Pérez, señorita –responde el señor del bigote.

–Muy bien. Su habitación es la 312. Aquí están sus llaves.

Al entrar al cuarto, Salvador coloca su maleta en el pasillo y se deja caer sobre la cama para descansar las casi cuatro horas que hizo el autobús de Puebla a Veracruz. Su labor como supervisor del área de perecederos de una tienda de autoservicio lo obliga a tener que levantarse temprano, incluso en fin de semana, sin embargo, eso no impedirá un par de copas esta noche.

Es pesado trabajar a ese ritmo y bajo la insistente demanda de sus superiores; tener que seguir viajando, después de 15 años, se ha vuelto tedioso y aburrido. Siempre lo mismo y sin alternativas. 10 años más de servicio y podrá jubilarse, justo cuando cumpla los 52 años, no está mal. Pensando en ello, se queda dormido. Al despertar, toma un baño y se prepara para salir. Siente las ganas nuevas y orgulloso ve como su grueso y negro cabello aún no muestras rastros de calvicie. Jamás se verá como el pelón de su jefe. Se pone el reloj y al abrir su cartera para cerciorarse de traer el dinero suficiente, se topa de frente con la foto de su esposa y sus cinco hijos. ¿Será normal su vida? Se pregunta. Hace mucho tiempo que no comparte con ella más que la comida y la cama. No es que estén enojados o que la haya dejado de amar, simplemente algo pasó. A sus hijos casi ni los ve. “Hola papá”. “Adiós papá”, es su mayor conversación.

–Señorita… –ahora es él el que interroga a la recepcionista– ¿apoco no hay un bar en el hotel?

–No, señor. Pero aquí, a dos cuadras, sobre “Molina”, hay uno muy agradable. “El Andariego”, se lo recomiendo.

–No se hable más. Tenga, le dejo mis llaves sino las ando perdiendo. Buenas noches.

Olga pide su segunda “Margarita”. Se siente incómoda porque Lupita no llega y el hombre del bigote no le quita la mirada de encima. No está tan mal, pero uno nunca sabe. Ahora se levanta, seguro va al baño. “Míralo… está un poco gordito, pero también petacón”, piensa Olga.

–Perdone, noto que está sola, ¿le molesta si la acompaño un momento?

Olga no se dio ni cuenta cómo es que el bigotón apareció a sus espaldas. La toma por sorpresa y empujada por los nervios, responde:

–No. Este, digo, sí… lo que pasa es que espero a una amiga.

-¿Puedo sentarme en lo que llega?

–Bueno, ándele, si usted quiere.

–Soy Salvador, Salvador Pérez, a sus órdenes.

–Mucho gusto. Mi nombre es Olga. Pero, ¿usted es de aquí, de Veracruz? Yo no lo había visto antes. Bueno, no es que yo salga mucho, sólo de vez en cuando, con Lupita…

–No, que más quisiera que vivir en el puerto. Sólo vengo de negocios, soy poblanos

Olga revisa la mano de Salvador y nota que no trae argolla matrimonial y tampoco se le ve el dedo con la marca delatora que deja cuando se lo quitan por una noche. “Mmm, apoco estará solterón como yo, ¿será posible?”

Al dar las once de la noche las luces de “El Andariego” se bajan y un guitarrista comienza a ensayar sus notas.

El teléfono de Olga suena. Es Lupita que se disculpa por el plantón. Surgió un imprevisto. Qué suerte.

El quinto Bacardi blanco de Salvador le da el suficiente valor para llamar al mesero y pasarle una nota.

El cantante la lee: “Para Olga, la hermosa dama de sonrisa sin igual. De parte de Salvador”; le dedica esta bella melodía del Príncipe de la canción que dice más o menos así:” “Amor como el nuestro no hay dos en la vida por más que se busque por más que se esconda. Tu duermes conmigo toditas las noches te quedas callada sin ningún reproche, por eso te quiero, por eso te adoro, eres en mi vida todo mi tesoro…” ¿Quién podría resistirse a José José?, piensa Salvador mientras Olga lo agradece tomándole el brazo. Él acaricia su mano y se dan un beso. Un ridículo y torpe beso en el que sus bocas no encajan. Como colegiales en su primer encuentro, sin saber qué hacer, si abrir o cerrar la boca, si abrir o cerrar los ojos. Después de todo, ambos tienen tanto tiempo de no hacerlo que no podría ser de otra manera.

Olga es la que rompe el embarazoso momento:

–Y, dime, ¿es posible que no exista una señora Pérez? Debes tener hijos…

Salvador se ríe para ganar tiempo y formular la respuesta correcta pues sabe que de ella depende, en mucho, el desenlace de esta noche.

–Sí… la hubo. Pero de eso hace ya mucho. No funcionó y por fortuna nos dimos cuenta lo suficientemente a tiempo para no tener hijos. Pero, cuéntame de ti, ¿cómo es que una mujer tan atractiva, está sola en un bar como este?

–Ni tan sola. Yo más bien diría que muy bien acompañada –responde–. Y por el temor a no imponer barreras a la relación que apenas nace, decide ocultarle lo de Lalo, su hijo: –Nunca me casé, –continua– ya sabes, siempre metida en el trabajo. Me volví tan indispensable para mi jefe que se me olvidó vivir mi propia vida. Bueno, nunca es tarde, ¿verdad?

–Claro que no. Mucho menos para alguien tan joven como tú.

–Ay, gracias, Salvador. Oye, y de tu viaje ¿cuándo tienes que regresar?

–Ah, mi viaje… este, bueno, eso siempre depende de mí. Verás, yo casi, casi soy mi propio jefe, ¿me entiendes? Yo decido cuando salir o cuando regresar. Es más, estoy a punto de que me promuevan a una gerencia y eso implica mucho más comodidades y dinero.

Al salir de “El Andariego”, todavía alcanzan a escuchar como José José sigue haciendo una maestra labor por los enamorados: “En tus manos yo aprendí a beber agua, fui gorrión que se quedó preso en tu jaula…”

En la habitación, por un momento prefirieron no encender la luz. Sus bocas y manos poco a poco fueron recordando los años mozos dejándose llevar por la pasión y el instinto.

El rubor de Olga, ahora se ha vuelto natural en su piel. Luce bella con los ojos de luz y el rostro rojizo. Los miedos de cuatro años y medio sin relaciones ya los ha dejado tras la puerta.

Salvador prende la lámpara del buró y se dirige al baño. Al mirarse al espejo, le asalta el temor de no hacer un buen papel. A su edad ya no se siente tan seguro y tendrá que hacer un gran esfuerzo para no terminar antes que ella o de alguna manera arreglárselas para dejarla complacida y no quedar mal. Desde que se casó, jamás se ha acostado con otra mujer y ahora, incluso, no sabe ni siquiera si debe usar, o no, condón. No recuerda la última vez que se puso uno. En sus épocas ni se usaban.

Olga aprovecha esos minutos para quitarse la ropa e introducirse en la cama. Los kilos de más que tanto le apenan, se acomodan entre las sábanas haciendo más tibio y placentero el espacio.

Salvador sale del baño. No se ha quitado los calcetines, pero esta vez nadie se lo reprochará.

Las mentiras de la noche, son cegadas por dos cuerpos desnudos que se entregan de tajo, recibiéndose como si por años se estuvieran esperando. En la oscuridad de la habitación, nadie puede engañar a la tan poderosa pasión que de pronto los sorprende. Es un momento fugaz que aparece, borra la razón y deja libre al corazón, y después se va tan rápido como llegó.

Mientras se visten, él le ofrece llamarla, aunque nunca lo hará. Ella, le promete su vida entera sin tan siquiera decirlo.

El lunes siguiente, Olga regresa a su oficina llena de ilusiones en la espera de una nueva vida porque algo es seguro, a partir de hoy es una nueva mujer, más bella y con un mundo por delante lleno de oportunidades; está consciente de que eso se lo debe a él y cuando lo vuelva a ver, en caso de que exista una próxima vez, le va a contar de Lalo, está segura que se llevarán muy bien.

Ha comenzado una dieta y, después de tantos años, por fin va a pedir un aumento. Lo necesitará porque quiere darle la sorpresa de un viaje juntos. Por la tarde irá de compras. Adquirirá aquel vestido que tanto le gusta y algo de ropa interior, quizá un poco más atrevida. Qué emoción.

Salvador aborda el camión que lo llevará de regreso a su hogar. Se siente revitalizado, como si hubiera ido a terapia o recibido una curación medicinal; o mejor aún, como si se cumpliera su sueño en el que al contarle sus penas a la psicóloga, ésta se desnuda para consolarlo.

Obviamente, por su cabeza no pasa ningún sentimiento de culpabilidad. Le parece absurdo mezclar las cosas, ¿qué tiene que ver lo que le sucedió, con su esposa o con sus hijos? Absolutamente nada. Si así fuera, entonces sería como tener que sentirse mal por las noches de Dominó o las parrandas con su compadre, porque eran exactamente lo mismo.

Lo que sí es que, en el fondo, le agradece a esa mujer el encuentro. Ya es momento de que las cosas sean diferentes y tratará de recuperar el amor de su esposa que quedó adormecido en algún lugar de la alcoba. Desea pasarla en la cama tan bien como con Olga, ambos lo merecen. Todo debe cambiar, incluyendo el convivir más con sus hijos. Se divertirán juntos, como corresponde a la familia que son.

Tras la ventanilla del autobús, observa como se va retirando un letrero verde que dice “Bienvenido a Veracruz”.

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